Leonardo me llamó cerca del mediodía. Me pareció un hombre amable, tal vez hasta un poquito anticuado, de estilo solemne y ceremonioso, se disculpó por preguntarme y me dijo cosas galantes sin ser tontas.

Le conté en qué consistían mis servicios, mis precios y detalles de dónde podríamos vernos. Según me dijo, nunca se había acostado con una puta y no sabía cómo proceder. Bueno, no dijo puta, dijo que “nunca había pagado por compañía”. Se escuchaba bastante tímido y tenía un temblor en la voz que identifiqué con nerviosismo. Le pareció bien todo y se mostró bastante entusiasmado.

*Conociendo
Leonardo, como lo imaginé, parecía un galán de antaño. Tenía un traje negro y corbata roja. No era un traje caro ni nuevo, pero si impecable. Estaba sonrojado y cuando me acerqué para darle un beso, lo sentí tenso y algo tembleque. Se me alborotó la ternura por él. Se había vestido para la ocasión. En definitiva, era algo especial para él.

Su historia fue incluso mejor. Leonardo es portero. Lo ha sido toda su vida. Tiene 65 años bien cumplidos y más de la mitad de ellos los ha pasado atendiendo puertas. Ha trabajado en varios hoteles de lujo y uno que otro edificio exclusivo. Pueden pensarse muchas cosas, pero en un lugar de primera la atención también debe serlo y la puerta es la primera cara que ofrece un hotel a sus clientes, me dijo con una seriedad de notario.

Leonardo lee mucho. Cualquier cosa que caiga en sus manos. Libros, revistas, catálogos inmobiliarios y prensa. Un día se encontró conmigo en el periódico y le dio curiosidad.
Pero la cosa no termina ahí. Hace unas semanas, en el hotel donde trabaja ahora, le abrió la puerta a una mujer y su corazón dio un brinco. Ella fue al lobby, donde se encontró con un huésped y después de conversar unos minutos subió con él. Una hora después la vio regresar al lobby. La mujer salió a la calle haciendo sonar sus tacones. La vio de lejos, como un espejismo, y de espaldas. Era despampanante. Le bastó con echarle un vistazo a sus piernas torneadas, su cabello castaño cayendo sobre sus hombros, sus pompas carnosas, su caminar seductor, el perfil de su rostro que no detalló en su totalidad. Estaba calientehasta morir por esa mujer.

No sé cómo le hizo, pero empezó a mezclar su deseo con su imaginación. Alguna vez había leído que ese es mi modus operandi cuando visito un hotel de lujo. Me llamó para confirmar que las fantasías de mis palabras coincidían con las suyas. Fue al barbero para ponerse guapo, se puso su bonito traje y se bañó en colonia como si fuera a conocer a su destino.

*La realidad
Le di la razón y me afané en desnudarlo para demostrarle que la realidad es mucho mejor que la ficción. Le di el tratamiento especial que se merecen los hombres con deseos fuertes. Me correspondió con sus caricias exquisitas. Tomó mis pechos como si se trataran de pomos y me cubrió de besos. Mi cuello se derritió en sus labios y mi piel reaccionó a su tacto como un cardumen de nervios. Su pene pujaba entre mis piernas, por encima de su bóxer. Estaba listo y a punto de estallar cuando se enfundó el chile y me lo metió hasta la raíz. Sentí que me desabría con su miembro palpitante. Estaba chiquito de cuerpo, pero grueso de contextura. Y besaba muy rico. Con paciencia y con descaro al mismo tiempo. Estimuló mi clítoris con su mano, inclinándose de lado. Acabamos casi al mismo tiempo.
Besos. sandrita