A veces la vida se luce con unas ironías bien locas. Tengo un cliente que se llama Roberto y su apellido es Hurtado. Parece salido de un chiste. Roberto Hurtado. Sólo le faltó que el apellido materno fuera Ladrón. Ni modo. Para rematar, sus padres no sabían que Roberto, 20  años después de  su nacimiento, sería acusado de robarse unos fondos de la empresa en la que estaba empezando como pasante.

Yo confío en su palabra. Si él dice que no lo hizo, no lo hizo. Además, si así hubiera sido, después del juicio y todo el alboroto, estaría preso o al menos habría tenido que cumplir una sentencia o como mínimo devolver la plata. Nada de eso pasó. Después de un proceso tedioso y de sufrir las de Caín, gastar todo el presupuesto familiar en abogados y perder hasta la sonrisa, le salió una sentencia favorable. Usted no fue, usted disculpe.

*LA cita
Roberto me llamó mientras yo almorzaba. Bueno, algo así. Tenía la tele encendida y estaba sobre el sofá, con las piernas cruzadas, degustando una ensalada. Me dijo que tenía ganas de verme y acordamos una cita para esa misma tarde.

Apagué la TV, apuré la ensalada y fui a prepararme. Cerca de tres horas después estaba en la recepción del motel donde me esperaba Roberto. Subí por el ascensor, junto con una pareja que no parecía tener ni las más mínimas intenciones de coger. Caminé por el pasillo y di con la puerta indicada. Iba a tocar cuando Roberto abrió. Yo tengo mi chiste para Roberto. Es un poco cursi, pero se le perdona: él lo único que puede robarme son orgasmos.

*acción
Hablamos poco, actuamos mucho. Me toma por la cintura y me besa con pasión. Le devuelvo las caricias casi desgarrando su ropa. Nos ponemos al día mientras nos desvestimos. Me da mordisquitos muy ricos en los huesitos de la cadera y plasma sus manos en mis nalgas. Aprieta y acaricia, restregando su entrepierna contra mis muslos. Está excitadísimo. Mientras acomodo las cosas, me lo arrima por detrás, me huele el cabello, me besa el cuello, me lame las orejas, me acaricia las tetas pellizcándome los pezones.

Está ansiosísimo. Siento su macana prensada como si tuviera un calambre. Me tantea con él, pujando a través de la ropa. Yo empiezo a entrar en onda y me volteo. Lo tomo por el cuello y nos besamos como desesperados. De pronto nos encontramos rodando por la cama, creando un torbellino de sexo descomunal en toda la sábana.

Me toma por las muñecas y hunde su cara en mi cuello. Me dice cosas muy cachondas al oído y hace que me excite. Él mismo me ayuda a remover el bóxer, él mismo se coloca el condón y  me atraviesa con su  palpitante. Siento que me lo hunde hasta la médula y me doblo de placer. Siento la promesa de un éxtasis despreocupado, libre, fácil y ligero. Me lame las tetas mientras se mueve hacia arriba y abajo, entrando y saliendo en mí con insistencia. Nos agitamos al unísono. Me meneo anclada en la cama, con el pecho de su torso sobre mí. Abro las piernas y lo siento entrar más hondo, más ampliamente.

Sus brazos se tensan cuando me rodea, su agarre me fascina. Mi cintura es un vaivén entre sus dedos. Su lengua encuentra la mía, sus labios carnosos, coronados por la vellosidad de quien se afeita un día sí, un día no, me hacen delirar. Terminamos al revés. Yo sobre él. Sostiene mi peso con sus manotas. Se afinca apoyando los pies en el colchón cuando se corre, jadeando y mordiendo un gruñido, con los ojos apretados.

Besos. sandrita