En el baño está José Luis, mi cliente. Dijo que quería cepillarse los dientes antes de empezar. Qué considerado. Siempre se agradece cuando un cliente toma precauciones para no matar con el olor a cebolla.

Me contó que tuvo un día largo y que, había comido con unos clientes, entre otras cosas, una sopa muy rica pero con una buena dosis de cebolla, además de haberse descalabrado los pulmones con un par de cigarritos. No quería intentar besarme con eso en la conciencia (y en los dientes). Como está consciente de que el mal aliento mata más pasiones que la impotencia o la precocidad, prefirió vacunarse con un cepillo, pasta dental y unas gárgaras de Listerine.

Después de lavarse los dientes se bañó. Escuchaba la regadera y dejaba que la última luz del día me bañara a través de la ventana. Me gustan los clientes así, que se limpien para coger y, como él lo había dicho, tuvo un día pesado. En días así se transpira, los olores se acumulan. Un cuerpo recién bañado, en cambio, se besa y lame con más gusto. El agua había dejado de sonar. En breves instantes, José Luis salió con la toalla puesta en la cintura.

*preámbulo
—Veo que ya te pusiste cómoda —dijo con total naturalidad. Como si no tuviera prisa y todo el resto de la noche fuera para nosotros.
Me di media vuelta y le ofrecí una mejor vista.
—Me tomé la licencia —dijo, señalándome la mesa de noche, donde había dispuesto una gama de preservativos y lubricante.
Me reí cómplice, aprobado con la mirada su bufet. Un hombre limpio y precavido ¿Qué más se puede pedir? Se quitó la toalla y caminó desnudo. Se acercó a mí, y así, aún mojadito por el baño, pegó su cuerpo al mío, como si lo atrajera con una fuerza gravitatoria.
José Luis es alto, un poco esbelto y muy moreno. Era desconcertante, porque al mismo tiempo tenía un aspecto rudo y dominante, pero se comportaba con unos modos extraordinariamente caballerosos. No cesaba en su objetivo.
Me besó en los labios. Su lengua estaba fría y muy húmeda. Olía al frescor de la hierbabuena en crema. Se sintió incluso más rico cuando posó su boca en mi cuello y mordisqueó mi piel con fiera delicadeza. Mis poros se dispararon y sentí un escalofrío divino recorriendo cada centímetro de mi cuerpo.
José Luis metió dos dedos en mi boca. Se los chupé suave, lenta y gozosamente. Luego esos mismos dedos recorrieron mi pecho, mi abdomen y se cruzaron por entre mis piernas.

*acción
Yo también estaba mojada. Deseosa de su tacto. Me tomó por los hombros e hizo que me fuera acostando, poco a poco. Fue como si me depositara sutilmente sobre el colchón. La luz del baño seguía prendida y se proyectaba sobre el resto de la habitación. José Luis entrecerró la puerta y así se ambientó la pieza, como en sintonía con el anochecer que se avecinaba allá afuera.
Cuando vi su pene emerger como una viga prensada en hierro forjado, envuelto en uno de los condones texturizados que dejó en la mesa de noche, abrí las piernas para recibirlo entre ellas con toda la potencia que parecía ofrecer.
José Luis recayó sobre mí con la ligereza de un amante exquisito. Abrí más las piernas y recibí aquel paquete, envuelto y desafiante. Fue como un flechazo que me taladró las entrañas. Apoyó las rodillas en la cama y metió su miembro en mí, sin titubear. Supongo que no había tiempo que perder y que la costumbre de tener un cometido fijo en la cabeza, le daba ese espíritu de amante diligente, cumplidor.
Sus manos aprisionaron las mías con un agarre robusto, pero delicado, comedido. Su cara acariciaba la mía a medida que se movía, arriba y abajo, entrando y saliendo. Cada vez que empujaba sentía su miembro rozar las paredes internas de mi vagina, húmeda y apretada. La textura del condón se deslizaba por esas paredes y causaba estragos. Mi sexo se hacía agua al recibir tanta atención del suyo.

*éxtasis
Su respiración, lenta y agitada al mismo tiempo, me hacía cosquillitas en la oreja. Mis senos se tambaleaban cada vez que arremetía, inyectando su paquete, afincando su ingle en mi cadera. Sus manos se aferraron a mis muslos. Lo rodeé por la cintura con las piernas y le di rienda suelta a su esfuerzo final. Empezó a moverse rápido, más rápido. Hasta que se pasmó de pronto, apretó los músculos y descargó. Pensé que hasta ahí había llegado, pero para mi sorpresa, apenas se limpió, tomó un segundo condón, se lo puso y empezó otra vez.
—Me falta el segundo —dijo gimiendo deseoso, mirándome a los ojos.
El instinto me dice que fue como si se le resetearan las energías o algo de la que ya había gastado aún le quedaba en los cojones. Lo cierto es que siguió dándome candela hasta que se corrió otra vez, gruñendo y apretando los dientes.
Me pagó una segunda hora. Se vino cuatro veces. Yo acabé molida y, supongo, él terminó seco.
Besos. sandrita