Ramón es sordo. Le calculo entre 30 y 35 años. Es blanco, delgado, con ojos y sonrisa tierna. Tiene buena condición física. Sabe hablar, pero como no puede modular su voz (porque no se escucha), es un poco difícil entenderle, así que prefiere buscar otros medios para comunicarse.

Para hacer la cita conmigo le pidió el favor a un amigo. Me habló, me explicó la situación y me puse de acuerdo con él. No acostumbro tratar con intermediarios, pero en este caso no había otro modo. Acordamos que en cuanto estuviera instalado en la habitación me mandaría un mensaje confirmando el número y dejaría la puerta abierta.

Ramón estaba en el sillón, mirando fijamente a la puerta. Cuando entré, él se levantó como si un cohete lo hubiera expulsado del asiento y se acercó a mí con una sonrisa.

No sabía cómo saludarle. No quise verme ingenua diciéndole algo que, sabía, no podría escuchar, así que sonreí y me paré de puntitas para darle un beso tronado en la mejilla. Entonces: ¡Sorpresa!

—Eres muy bonita —me dijo.

No lo esperaba. Su voz sonaba mucho más dominada que la de otras personas sordas que he conocido.

—Si hablas despacio, puedo leer los labios

Despacito me contó que perdió el oído de niño y que ha pasado tanto tiempo que no recuerda ya cómo es un sonido, pero que ha aprendido a comunicarse. Habla despacio y con tropiezos, pero no deja de ser admirable.

Estábamos allí y no necesitaba más detalles, nuestra tarea era borrar un nunca de su historia. Puse una mano en su rodilla y le di un beso. Él respondió poniendo su mano sobre la mía. Estaba fría. Se acercó más y mi mano terminó en su entrepierna.

Su lengua era traviesa. Nuestros labios se comían malicia. Escurrí mi mano entre los botones de su camisa y acaricié su pecho, su cuello varonil. Estábamos cayendo sobre la cama y buscándonos los cuerpos con ganas.

Fue rico sentirlo loco de deseo, recorrerse con sus manos, comerme con sus besos apasionados. Lo sentía listo entre mis piernas, lo quería dentro de mí. Levantó medio cuerpo y alcanzó un condón en su buró. Se lo puso rápidamente y volvió a mí con el fuego de alguien urgido.

Yo estaba desnuda, contoneándome en la cama como gatita en celo. Él metió su mano bajo mis nalgas, me levantó de la cadera y apuntando bien entre mis piernas me empaló de una estocada.

Lo sentí entrar hasta mis tripas y taladrarme con su movimiento rítmico de cadera, una y otra vez, sin parar. Rodamos por la cama, recorriéndonos a besos. Lo envolví entre mis piernas sintiéndolo poseerme. Lo escuché gemir como un toro, sabiendo que él no estaba consiente del escándalo de sus pulmones en pleno coito.

Terminé encima de él, apoyando mis palmas en sus hombros. Él me tomó por la cintura y alzó la cadera para enterrarme su pieza hasta la base. Arqueé la espalda y comencé a mecerme, sintiendo el roce de la curvatura de su miembro erecto dentro de mí. Estallamos juntos, apretándonos en un gesto tenso y denso.

Al fin relajados, permanecimos anclados en completo silencio. Un silencio tan hondo, que me hizo imaginar cómo es su mundo, ajeno al sonido. Sin el regalo de la música, ni el ruido. Debe ser difícil adaptarse a un mundo que no siempre está listo para hacer más accesible la vida a quienes tienen alguna discapacidad. Lo bueno es que sí existe un silencio perfecto y es el del orgasmo.