La memoria es la vida misma. Somos lo que recordamos y los otros recuerdan de nosotros. El presente, aunque siempre estemos en él, es efímero. Se va volviendo historia mientras pasa. Lo que te sucedió apenas hace un minuto ya es parte de tu pasado, es historia. Mucho más lo que te pasó hace años. Por eso, al final, lo que somos, lo que nos define, no es lo que estamos haciendo ahora, sino lo que hicimos y cómo es recordado, por nosotros y por quienes nos rodean. Por eso, creo que la memoria y la vida, son lo mismo.

Te cuento esto porque resulta que tengo un cliente a quien hace poco le diagnosticaron Alzheimer. Es un hombre maduro, pero muy joven para esa pesadilla.

Por ahora está relativamente bien. La enfermedad está en una etapa donde la pérdida de la memoria es mucho menor que el miedo a perderla. Gente a la que no reconoce, cosas que ha olvidado, dificultad para hacer tareas que antes desarrollaba normalmente. Pero desde que se la diagnosticaron, su vida cambió. Es una carrera contra el tiempo. Por un lado, está haciendo lo posible para asegurar su atención cuando ya no pueda valerse por sí mismo, por el otro, está tratando de vivir, de no quedarse con ganas de nada.

—Si no recuerdas cuando nos conocimos, podemos conocernos de nuevo cada vez —Le dije con una sonrisa coqueta, tratando de animarle.

Él sonrió y, entonces nos acordamos de lo mismo al mismo tiempo, sin decir nada. Lo adiviné en la expresión que brotó de su rostro. Aquella tarde de sol, en ese mismo hotel, él nervioso porque era la primera vez que nos veíamos, había enviudado hacía tiempo y ya le faltaba a su cuerpo sacar la pasión.

Nos besamos y nos aproximamos aún más, restregando nuestros cuerpos, que comenzaban a emanar un calor propio. Su boca era suave y sabía a menta. Sus labios finos se sentían como delgados lienzos de seda rozando los míos, humedeciéndolos.

—Aunque llegue a olvidar estas cosas, por ahora, quiero vivirlas —susurró apartándome el cabello y descubriendo mi cuello.

Sus labios volvieron a mí.

Comencé a desnudarlo mientras él desabotonaba mi blusa y escurría su mano debajo de mi sostén. Sus dedos hurgaron en mis pezones. Pronto nos encontramos desnudos, rodando por la cama. Perdidos entre caricias deliciosas, sus palmas caminaban por mi piel.

Fue delicioso cuando al fin me hizo suya. Comencé a menearme, él me mantenía aferrada con las manos en mi cadera.

Nos cogimos así por un buen rato, gruñendo y exhalando fuertemente. Me agarré de sus hombros cuando sentí aproximarse el subidón. Vi lo mismo en su cara. No se contuvo y disparó su leche.

La memoria es la vida misma. Tantos recuerdos he ido dejando en las páginas de este mi querido diario, y ahora ya ves, disfrutando un rediseño hecho, como siempre, para que lo puedas disfrutar más, para acercarnos a ti, para ser parte y testimonio de nuestra memoria, de nuestra historia.

No sé si en un par de años Eugenio aún me recuerde, pero para eso está este diario. Qué conste.