Amanda Cox, una maestra de Texas, se quedo sin lápices, así que les pidió a todos sus alumnos que sacaran los lápices que tenían en sus escritorios pa’ compartir, y uno de ellos se ofreció a compartir algunos de los lápices que su mamá le había dado para las clases.

La pure del niño había escrito mensajes conmovedores de amor y aliento en cada lápiz con un marcador permanente, para que pudiera verlos y leerlos todos los días. Cada lápiz tenía su propia lírica especial. El carajito no se avergonzó de que su madre escribiera en sus lápices al contrario aumentó su autoestima y quería compartir el mismo sentimiento con sus compañeros.