Vio al Real Madrid desde la barrera, la forma en la que fue enterrando sus opciones en cada título grande de una mala temporada, pero jamás imaginó Zinedine Zidane que nueve meses después encontraría un grupo de jugadores con una cara tan distinta a la del equipo que dejó. En Vallecas perdió la paciencia.

Pudo ser antes, pero Zidane puso paños calientes. El Real Madrid no se revitalizó con su llegada como hizo en la primera ocasión, cuando era un equipo a la deriva que no comulgaba con las ideas de Rafa Benítez. La ‘feliZidane’ como se bautizó el efecto que contagió a la plantilla la llegada del técnico francés no ha existido en esta ocasión.

Porque su regreso se produce en un fin de ciclo evidente y que ya nadie trata de disimular sobre el terreno de juego. Con el papel de ser el encargado de hacer lo que en su día no se atrevió, bien por falta de poderes o por no entender que iba en su cargo, una renovación profunda de plantilla prescindiendo de jugadores, llevándose algunas estrellas que lo ganaron todo por delante y la elección de nuevos futbolistas que cambien radicalmente la cara del Real Madrid. El madridismo necesita ilusión.